Té Moruno más allá del País de las Maravillas

Té Moruno más allá del País de las Maravillas

Si sales de Vigo y viajas hacia el sur llegas hasta un País de las Maravillas, donde la costa está orientada hacia el sur y no hacia el oeste, la temperatura en invierno es tan agradable que los abrigos son más accesorios de moda que objetos de supervivencia, y donde los inquilinos le piden a su casero que arregle el aire acondicionado y no la calefacción. Cuanto más avanza noviembre, más echo de menos las vacaciones de verano del año que viene.

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Pues bien, si uno cruza esa no tan vasta extensión de agua salada que se extiende más al sur, llegará a una costa donde la temperatura es parecida, pero todo lo demás es diferente. El tiempo se detiene; los coches van más lentos, la gente se detiene en la calle para contemplar tal o cual cosa y siguen caminando con parsimonia y hasta los gatos se toman la confianza de quedarse plácidamente acostados en el suelo hasta el último momento antes de ser arrollados por alguien que pasea despistado. Todo está cubierto de colores naranjas en el interior, o de colores azules cerca de la costa. Estoy hablando de Marruecos.

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La última vez que estuve allí, pasé unos días viajando hacia el sur a lo largo de la costa Atlántica, para luego dar un giro de 90 °C y dar con mis huesos en el medio del desierto del Sahara. Hay pocas sensaciones más extrañas que la de estar un día bañándose en la playa y al siguiente racionar el agua mientras se cruza un océano de arena a lomos de un camello. Una de ellas es finalmente bajarse del camello -muy exótico, pero no el medio de transporte más cómodo- y encontrarte muerta de calor, con medio Sahara pegado a tu piel y escondido en las arrugas de tus calcetines en las botas, en una jaima y recibir un vaso de té moruno caliente.

 

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El té moruno sabe diferente en Europa, en noviembre, a un par de grados bajo cero. Pero aún así siempre me recordará a aquella vez en que arrastré el saco de dormir afuera de la tienda y me quedé toda la noche despierta viendo pasar la noche marroquí. Hasta la luna es diferente allá abajo.

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